Estática y Dinámica del Factor humano (2ª parte)
“Per aspera ad astra”, “a lo más esplendoroso se llega a través de lo difícil.”
Con esta frase de entrada continúo el artículo anterior.
Quiero detenerme un momento y profundizar en algunas consecuencias que tiene para nosotros el saber que somos libres.
1.- Somos capaces de ser lo que queremos ser. La distinción entre “ser” y “acto de ser” pone de manifiesto que tenemos capacidades en potencia y que su desarrollo pasa por cambiar al acto (potencia-acto). Una vida bien vivida pasa por ser más acto que potencia, es decir, por poner en juego el máximo de nuestros talentos y estos mismos estirarlos al máximo. Me viene ahora a la memoria otro de mis maestros, Alfonso Sagi-Vela. Alfonso y yo fuimos socios en Door Training y luego Human Capital Management. El fue el primer facilitador que hubo en España e introdujo el famoso y mal llamado outdoor. Digo mal llamado outdoor porque ése fue con el nombre con el que se llegó a conocer e incluso vulgarizar el “experiential learning”. Como bien saben mis compañeros del Instituto de Empresa las palabras no son neutras. El uso del término outdoor (fuera de la sala) llevó a muchas consultoras a hacer “actividades lúdico pastoriles” de poco impacto formativo, pero eso sí, de gran impacto escénico. Este tipo de prácticas ha llevado al experiential learning al desprestigio. Un indicador de que el “consultor” lo hace mal es cuando se oye algún comentario como: “muy divertido,…pero no he sacado nada”. Alfonso siendo una persona que viajó a Houston para aprender y certificarse en esta metodología, sufría al ver como el mal uso, que hacían algunos de esa magnífica metodología, nos desprestigiaba a todos.
Por aquel entonces, teníamos en Sitges el único campo de entrenamiento en formación experiencial de Europa. La primera vez que llegué me quedé prendado del entorno: ¡Qué maravilla estamos en medio de la naturaleza!. Luego Alfonso dirigió la jornada para formarnos en la nueva metodología. Nunca se me olvidará cuando me ofrecí el primero para realizar una actividad de altura. Había que subir un poste de unos 8 metros. Empecé con suma tranquilidad y cuando llegué a tocar la plataforma redonda que coronaba el poste (la llamábamos la galleta) me dispuse a descender. Alfonso facilitaba la actividad, y cuando vío la escena comprendió, en seguida, que no había supuesto ningún esfuerzo para mi. Con esta actividad no había salido de mi “zona de confort”. “¡Pablo!,.. un momento no sigas”. Me paré y escuché expectante la voz cálida y serena de Alfonso. “¡Pablo!, ¿qué te parece si te propongo que intentes ponerte de pie arriba del todo, encima de la pequeña plataforma, esa que llamamos galleta?” Realmente sentí un sudor frío, una cosa era subir el poste apoyándome en las grapas que tenía y otra muy distinta, hacer equilibrios para subirme a la galleta. No obstante persuadido por su calma lo intenté. Obviamente iba con arneses de seguridad, no había peligro, pero …. el miedo es libre. Al subir a la galleta la primera dificultad que te encuentras es que el poste se acaba, y los siguientes pasos son sin nada donde agarrarse. Cuando te empiezas a erguir, en equilibrio, y sin la seguridad que da sujetarse con las manos, el cuerpo empieza a temblar involuntariamente, el movimiento es cada vez mayor y crece la sensación de caer al vacío. Es cuando te das cuenta que el movimiento no es solo fruto de tu temblor, si no que, el poste se balancea por tu inestabilidad en la cima y el viento. Por fin lo conseguí. Me había superado a mi mismo. Pero ¿qué fue lo que me ayudó a superarme? Seguro que varias cosas pero sobretodo me ha quedado en la memoria la voz cálida y serena de Alfonso: “¡Muy bien Pablo!, lo estas consiguiendo. Párate, respira, sigue un poco más, el verdadero aprendizaje lo estas experimentando ahora, muy bien lo conseguiste!” Luego, después de la actividad, vino la parte más importante: la explotación de la actividad. Esta es la clave de experiential learning. La actividad es solo un puro juego simbólico. Alfonso empezó a facilitar la experiencia y siguió el proceso; desde las emociones a la racionalización de lo ocurrido, y del descubrimiento simbólico la extrapolación a mi realidad empresarial. Me pareció brillante, y me hizo descubrir o redescubrir una realidad patente, aunque no siempre evidente: Soy libre para hacer las cosas que quiero, debo hacerlas por que quiero,cuando decido hacer algo asumo un compromiso libremente por que me da la realísima gana. Luego debo ser coherente y responsable y cumplir el compromiso. Pero además me ayudo a descubrir que podía hacer cosas que creía incapaz de hacer. Más tarde oí decir a alguien. “si crees que no puedes es verdad….y si crees que puedes también es verdad”.
La conciencia de mi “yo libre” me abre posibilidades de cambio, de superación. Soy yo con mi actitud el que se cierra posibilidades o el que se las abre. Al mismo tiempo el victimismo se revela como un cáncer que me ata, que me impide crecer. El victimismo me lleva a pensar que lo malo que me ocurre, lo que no me gusta, lo que querría que fuera diferente, es algo que me supera. Algo ante lo que estoy impotente y sufro pasivamente. Lo contrario es sentirme responsable de lo que me pasa y optar por un actitud proactiva ¿qué puedo hacer yo para cambiar esta situación o para conseguir este objetivo? Es verdad, el terremoto de Chile es algo que se escapa a la voluntad humana. En ese caso “la serena aceptación” y sacar aprendizajes de lo ocurrido. Pero la mayor parte de las cosas, dependen de mi. Y cuando me pongo en marcha, y tengo la tentación de tirar la toalla, pienso en lo que me decía Alfonso: el verdadero momento de mejora se produce, cuando sigues, a pesar de que crees que ya no puedes más. Gracias Alfonso!!.
Hace poco me contaron una bonita historia muy relacionada con lo escrito arriba:
“Hace mucho tiempo, en una ciudad remota, llegó un circo ambulante y se asentó a los pies de la villa. En uno de los días de función, un padre, paseando de la mano de su hijo pequeño, llegó cerca de la carpa principal. Allí, al lado de un carruaje grande de colores brillantes, su hijo vió un elefante grande, imponente. Era la primera vez que el niño veía ese animal. Se quedó boquiabierto. ¡No podía imaginar que existiera un animal tan grande y poderoso!. Después de contemplarlo un rato, reparó que el animal tenía una de sus robustas patas atada con una pequeña cadena, ésta a su vez, estaba unida a una más que insignificante estaca. ¡Papá! -preguntó el niño- ¿cómo es posible que un animal tan grande no se libere, sin esfuerzos, de su atadura?. El padre hacía un rato que estaba preguntándose lo mismo: ¡No sé hijo!, pero quizá podemos preguntar al señor del sombrero raro, creo que es su cuidador. ¡Perdone buen hombre!, mi hijo y yo nos preguntábamos si no es posible que la fuerza de ese elefante rompa la cadena y se escape. El hombre del sombrero, siguió amontonando la paja en fardos y sin mirarlos contestó. ¡Nunca será capaz de escapar!, ¿Cómo es posible eso? -respondió el padre -El hombre se giró, se echó el sombrero hacía atrás, y dijo- Mire este elefante nació en este circo. Nada más nacer le atamos la pata a esa cadena. El elefante tiraba día y noche tratando de zafarse de su cadena, buscando su ansiada libertad. Esta cadena para un elefante pequeñito es imposible de romper, supera sus fuerzas. Pasado un tiempo el elefante desistió al no encontrar el éxito. No conseguía ser libre. Los años pasaron hasta ahora. Jamas lo ha vuelto a intentar, persuadido por su propia experiencia. Ha llegado a creer que su cadena es irrompible y a pesar de que ahora su gran tamaño le permitiría romper sus cadenas…. ha dejado de luchar”.
Conclusiones:
Somos capaces de ser lo que queramos ser.
Somos responsables de lo que estamos “siendo” y de lo que seamos.
“Trátame por lo que puedo llegar a ser, no por lo que soy”.
“En la mayoría de las ocasiones cuando algo no lo intento, es por alguna creencia limitante”.
Todas estas consideraciones a la luz de la dirección de personas nos abre un horizonte nuevo sobre las labores de gobierno. En el siglo XXI un directivo es entre otras cosas un desarrollador de personas. Exigir un trabajo bien hecho es necesario no solo por justicia a la empresa, sino por deber con nuestros colaboradores. Recuerda: “a quien no creo que es capaz no le exijo”. Cuando no exigimos, lanzamos el mensaje: “tú no vales”.
“Per aspera ad astra”, “a lo más esplendoroso se llega a través de lo difícil.”
Gracias por la mención y por recordar ese episodio acaecido en Sant Pere de Ribes, cerca de Sitges, de tu relación con “la galleta”.
Difícil destacar de un texto con ese alcance una idea por encima de las demás; sin embargo, me quedo con el final: “si no le exiges estás indicando que no vale” Muy contundente, Pablo.
Abrazo,
ASV
¡ Hola !!
Efectivamente, suele ser una experiencia inolvidable: yo la viví en 1.995 y ya estaba ahí Alfonso animándome a que lo consiguiera. El “outcome” de la actividad sigue siendo un secreto entre yo mismo, Alfonso y los que me animaban. Uno de ellos es mi actual amigo y coautor Manuel, que por cierto, a lo que llamas actividades “lúdico pastoriles”, él las llama “día de la tortilla”, término que he adoptado por mi cuenta.
Un abrazo
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Bueno José, me consta que tu también fuiste uno de los pioneros. Como pasa el tiempo!!
I don’t usually post but I enjoyed your blog a lot, thanks alot for the great read.